PROLOGO PARA UN TEXTO YA ESCRITO*

“La contradicción que yace en el corazón del mundo se le revela

 como un entreveramiento de mundos diferentes, de un mundo divino y de un mundo humano”.

El Nacimiento de la Tragedia

“Veo un espectáculo tan rico, tan maravillosamente paradójico,

que todos los dioses del Olimpo habrían tenido un pretexto para lanzar una carcajada inmortal”.

El Anticristo

I

Entre las tantas paradojas con las que los hombres convivimos, casi sin advertirlas, se encuentra aquella de que los prólogos -aunque por definición son el decir del comienzo- se escriben, por lo común, al final. Es decir, cuando se termina de redactar un texto y se lo lee con pausa, para procurar establecer sus flancos fuertes y débiles. Se precisaría la pluma y la libertad de alguien fuera de lo común para escapar a esta norma. Alguien como Nietzsche, que escribió Cinco Prólogos Para Cinco Libros Jamás Escritos, y quien, ciertamente, no fue un “hombre común“. Después de haber escrito acerca de su pensamiento y de leer y de releer, no me queda más que someterme a mi destino de “hombre común”, necesitado de escribir un prólogo solamente después de haber escrito ya, unas cuantas líneas sobre el autor.

Tengo a mi favor, no obstante, el hecho de que Nietzsche agregara reiteradamente prólogos para nuevas ediciones de sus obras ya publicadas. Sabido es que éstos nacían del ánimo de revisar y de corregir lo dicho. A veces, el tenor de su autocrítica es más severo que el de todos sus detractores. Pero las revisiones de Nietzsche forman parte de ese fluir constante de ideas, de la precipitación permanente del caudal de su pensamiento. Y en este sentido, no hacen más que darnos pruebas de su exuberancia intelectual y de su arrolladora libertad. Nietzsche no se corrige por defecto sino por exceso. Maneja formidablemente el arte de la inversión: no más, acaba de formular un pensamiento, de confesar una de sus ideas más audaces y allí está otra vez, al asalto de su misma intuición, para arremeter contra ella y vencerla.

Por esta razón, al situarse en la prolija posición de crítico, uno podría verse tentado a considerarlo, sin más, como un pensador contradictorio. Justamente por esto su elección del género aforístico ha hecho pensar, demasiado ligeramente, que, Nietzsche, no podía escribir de otro modo debido a la fragmentación interna de sus ideas. Sin embargo, su fluidez en La Filosofía en la Época Trágica Griega, obra de su juventud, como el estilo impecable de su Genealogía de la Moral, obra de su madurez, atestiguan que, el filósofo, puede sostener magistralmente el hilo de su argumentación en la forma de un tratado clásico.

II

Si se deja de lado la cuestión de por qué el autor prefirió la forma aforística -en todo caso esto tiene que ver con una elección de método de trabajo, y no con una discontinuidad discursiva- creo que, más que un pensador contradictorio, Nietzsche debe ser considerado un pensador de la contradicción. Y alrededor de este eje deben vertebrarse todos sus pensamientos, que van y que vienen, como las olas del mar, “¡así viven las olas, así vivimos nosotros, los que tenemos voluntad!”

Nietzsche intentó aprehender la contradicción y convivir con ella. Lo primero fue la tarea de su pensamiento. Lo segundo, la tarea de su vida. El decidirse por esta doble empresa le acarreó al autor la mayoría de sus aflicciones.

Este intento de cabalgar en la cresta de la ola lo expuso al fuego cruzado de todos los demás intelectuales de la época, por un lado, -quienes reclaman un mínimo piso para apoyar sus especulaciones- y al de la misma naturaleza indómita de la esencia última, “el fuego eterno que juega consigo mismo”, por otro, que devora irremediablemente, en la medida en que uno intenta acercársele, de algún modo, con las armas de la razón.

Este arte de surfista avant la lettre, ya lo practicaba Heráclito de Efeso, el primer maestro inspirador del genio de Nietzsche, quien intentará lo mismo que aquel, veinticinco siglos después, manifestándose otra vez con esto que: “la historia del pensamiento, no es más que, un lento fluir y un refluir de antiguas nuevas ideas”. Unas nacen de la muerte de otras, y he aquí entonces la contradicción primera, la que nota Heráclito, que está constituyendo todas las cosas, detrás de su fluir constante. Pero, otra vez no se deja mostrar y permanece oculta en esa oscuridad metafísica que aterroriza y que atrae a Nietzsche, cuando la espía “por una hendija de la habitación de su conciencia” .

El intentar aprehender la contradicción es verdaderamente difícil. Más aún, es el postular que ella está en la esencia de toda la realidad. Lo complicado radica, no tanto en declamarlo, sino en sostenerlo, tanto como que, subirse a la ola no es tan difícil como mantenerse en ella. Nietzsche conoce esta dificultad y ensaya un cambio permanente de pantallas, para filtrar el haz de luz letal que viene desde el fondo oscuro del abismo del ser. Sólo la mirada de un dios contuitivo podría resistirlo. La con-tensión que anida en ese ser se verá transfigurada, primero en el arte apolíneo, y más tarde en el garabatear risueño del niño que juega.

Pero lo más arduo, para el hijo del Pastor de Röcken, fue el convivir con la contradicción. El joven piadoso, devenido en librepensador ateo. De filólogo clásico a filósofo incomprendido. Capaz de concebir las crueldades más inimaginables e incapaz de infligir el menor daño a una flor. Ese fue Nietzsche. El Anticristo y el Crucificado. El discípulo amado de Wagner y su más acérrimo enemigo. El derribador de todas los valores y el escritor tímido, el cual omite, con pudor, cualquier referencia a aquello de lo que no se hubiera visto bien hablar públicamente en aquellos tiempos de moral victoriana.

Justamente, la convivencia permanente con la contradicción, no permite trazar una línea de progresión perfecta en su pensamiento. Hay cosas que están al final y están también al comienzo. Hay cosas que cambian pero que guardan un residuo, que, de tanto en tanto, vuelve a aparecer. La admiración por Wagner no se apagó totalmente en su delicada sensibilidad. La sombra nunca abandona al caminante. El reverso de su imagen siempre lo acompaña.

¿Fue tempranamente un schopenhaueriano y luego un wagneriano seducido por la magia de su música? ¿Se desencantó, finalmente, del Maestro para autoerigirse en filósofo nihilista? Todo esto es verdad y, sin embargo, Nietzsche es un mar tumultuoso, que ejerce su incesante vaivén. Todo en él es un rugir de mareas y una bruma constante. Es la conciencia concomitante del torbellino de su propia vida, el pensamiento de la contradicción, que Nietzsche intenta representar.

III

Creo que al final logró hacer equilibrio. Mantuvo firme su mirada marcial, como al mismo Nietzsche, le hubiese gustado escuchar que se dijera de sí mismo, aunque no fuese más que un acto de lisonjería por parte nuestra. El acto final de su delirante deificación es puramente una exigencia de método. Nietzsche no se hubiera permitido vivir a medias su invención. Es como el alquimista que prueba en sí mismo su brebaje. Demasiado extremista para aceptar sobornos -otra cosa fue Schopenhauer- lo bebe hasta el final. Quizás, nos resulte posible imaginarnos al viejo daimon, al enemigo admirado, al sofista Sócrates, riendo cínicamente, frente al filósofo loco. Y porque como para aquél, el haber bebido la cicuta fue el precio de “su verdad”, para éste, el hundirse en el delirio fue el precio de “su ilusión”.

Loco de pasión, podría decirse de Nietzsche, si no sonara como un tópico del romanticismo más vulgar.

Ecce homo, ecce demens, inventando su propio personaje, para intentar así permanecer a flote en el mar de las contradicciones. Aunque más no sea, por un solo instante o por una nueva eternidad, que lleve la marca de Dionisos.

IV

Al término de este prólogo me queda un consuelo. Como “hombre común” vivo sumido en paradojas. Y sin embargo, esto, en lugar de alejarme, me familiariza con Nietzsche, aquel hombre tan extraordinariamente “poco común”: una vez más la paradoja.

En adelante, lamentaré menos ser un “hombre común”. Diré sólo: “Ecce homo” y celebraré estar aquí, aún, hoy, cabalgando en el oleaje, garabateando sueños.

*Presentación en la reunión del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la USAL, diciembre de 2006

One response to this post.

  1. Posted by ana maria viñas on septiembre 20, 2011 at 7:26 pm

    Que magnifica comprensión de un personaje tan dificil y complejo como Nietzsche!
    Al menos a mi me resulta sumamente inentendible por eso admiro a quien es capaz de entenderlo Este es el prologo para la tesis?

    Responder

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